martes, 1 de noviembre de 2011
Amor (Clarice Lispector)
Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían.
Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.
En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.
El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.
El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.
¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle... Un hombre ciego masticaba chicle.
Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír -como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada -el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.
Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.
La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero... El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo... ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.
Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.
Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.
Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.
Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo.
La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí.
De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.
A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los "cipós". Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.
Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.
En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.
Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.
Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada... Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón... El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.
Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo* pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada.
Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.
Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?- se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola... Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos...
-Tengo miedo -dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado.
-Mamá -exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó.
-No dejes que mamá te olvide -le dijo.
El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.
Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?
No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.
Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo -¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.
Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.
Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua -estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.
Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.
Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros.
Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre.
Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.
¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.
-¿Qué fue? -gritó vibrando toda.
Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:
-No fue nada -dijo-, soy un descuidado -parecía cansado, con ojeras.
Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.
-¡No quiero que te suceda nada, nunca! -dijo ella.
-Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote -respondió él sonriendo. Ella continuó sin fuerzas en sus brazos.
Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste.
-Es hora de dormir -dijo él-, es tarde.
En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.
Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.
martes, 25 de octubre de 2011
Unidad nro 3: El Cuerpo
Tomamos este tema en la poesía argentina a través del ensayo de Javier Galarza : Cuerpos en la poesía argentina:
Allí el autor menciona a:
Alejandra Pizarnikcomo el cuerpo suicidado.
AJacobo Fijman como el cuerpo marginado.
A Miguel Angel Bustos como el cuerpo desaparecido.
A Francisco Urondo como el cuerpo revolucionario.
A Juan L. Ortiz como el cuerpo místico
A Héctor Viel Temperley como el cuerpo presente.
A Nestor Perlongher como el cuerpo transgresor.
Leer el artículo completo y buscar ejemplos en los poemas de los autores citados. Fundamentar las elecciones.
Buscar otros textos que se vinculen con el cuerpo y realizar una pequeña antología.
miércoles, 30 de marzo de 2011
Tu derecho a la ventana. Tu deber hacia el árbol
El derecho a la ventana
El que vive en una casa debe tener derecho a asomarse a su ventana y a diseñar como le apetezca todo el trozo de muro exterior que pueda alcanzar con el brazo. Así será evidente para todo el mundo desde la lejanía que allí vive una persona.
Seckau, 1958.
Nos asfixiamos en las ciudades a causa de la contaminación atmosférica y la falta de oxígeno.
La vegetación que nos permite vivir y respirar está siendo destruida sistemáticamente.
Nuestra existencia está perdiendo dignidad.
Pasamos por delante de fachadas grises y estériles, sin darnos cuenta que estamos condenados a vivir en celdas de cárcel.
Si queremos sobrevivir, todos tenemos que actuar.
Cada uno de nosotros debe diseñar su propio ambiente.
No puedes quedarse esperando a que las autoridades te concedan el permiso.
Los muros exteriores te pertenecen tanto como tu ropa y el interior de tu casa.
Cualquier clase de diseño personal es mejor que la esteril muerte.
Tienes derecho a diseñar a tu gusto tus ventanas y los muros exteriores, hasta lo que alcanze tu brazo.
Hay que ignorar los reglamententos que prohibien o restringen este derecho.
Es tu deber ayudar a la vegetación a conseguir sus derechos con todos los medios a tu alcance.
La naturaleza debe crecer libremente donde cae la lluvia y la nieve; lo que está blanco en invierno, debe ser verde en verano.
Todo lo que se extiende en horizontal bajo el cielo, pertenece a la naturaleza. En las carreteras y los tejados deben plantearse árboles.
Hay que conseguir que se pueda respirar de nuevo el aire del bosque en la ciudad.
La relación entre el hombre y el árbol tiene que adquirir proporciones religiosas.
Así, la gente entenderá por fin la frase: la línea recta es atea.
Dusseldorf, 27 de febrero 1972.
martes, 29 de marzo de 2011
Viaje familiar (José Guerrini)
En estas vacaciones me fui a San Luis y Mendoza. Lo que más me gustó fueron las montañas, porque nunca había visto algo tan grandote. Solamente en los dibujitos. Primero fuimos a Mendoza y nos quedamos en las cabañas. Había una pileta y también una sala con metegol. Siempre jugaba con mis hermanos más grandes pero me ganaban porque a veces no veía dónde estaba la pelota. Me hice amigos nuevos y jugaba con ellos a la guerra de agua en la pile.
En Mendoza no pude hacer todas las aventuras porque mi mamá dice que todavía soy muy chico pero más adelante sí me va a dejar. Como una vez en San Rafael que me quería tirar con un bote por el río y me dijo "no" entonces me puse a llorar. Me enojé muchísimo y cuando salimos a pasear me metí en la juguetería. Yo estaba muy triste pero después me puse feliz porque me compraron un auto de carreras.
A la mañana me despertaba mi papá y lo acompañaba a comprar pan para el desayuno. Después nos preparábamos para salir. Conocimos el lago, las montañas, caminábamos un montonazo. A las siete me quedaba dormido porque las aventuras me hacían estar re cansado.
Llegué a mi casa en Buenos Aires y miré las fotos, imaginaba que tenía poderes para volar al lado de los pájaros gigantes y ver las montañas desde muy muy muy alto.
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José Guerrini,
relato en primera persona
Pequeñísimo amor de verano (Johana Antonella Ullúa)
Me hago el dormido, sigo en la cama mientras mi mamá grita ¡Iván, Valentín, arriba que nos tenemos que ir!; mi hermano sigue en la cama de arriba. Él no se levanta, yo tampoco. Viene otra vez mamá, pero prende la lunita. Me tapo con las sábanas la cara, no dormí nada y aunque mi papá haya dicho que nos íbamos a la playa, donde hay arena como en la plaza y agua como en la pileta del tío Adrián, dice que hay más, se llama mar, pero no le creo ¿mar?, mentira, es muy grande la pile.
Bueno está bien, me voy a levantar, tengo hambre y mi chocolatada está en la mesa. Mami ¿puedo llevar la play?, pero sigue gritando que no. Ufa. Termino los cereales y busco las zapatillas, bueno, una ya me la puse, pero la otra se escapó, mi mamá dice que no tiene patitas, que no se puede esconder, que en algún lugar tiene que estar, pero no sé, yo las dejé ahí, ahí en su lugar. ¡Uy! ¡acá está! abajo de la silla en la cocina.
Mi papá está gritando ahora, dice que nos apuremos. Ma, calienta agua, Iván sigue en la mesa mirando las figus. Listo, ya nos vamos, llevo mi pelota; pero papi quiere que la ponga en el baúl del auto, es malo.
Estoy molesto, ya van 2 horas ¿cuándo llegamos a la mar?. Ivo no me habla, yo quiero jugar con él, pero me pega y mira para otro lado, me rio y le molesta. Mamá pide por favor que dejemos de gritar que la vamos a volver loca. No quiero eso yo. Me pongo a mirar los carteles, las nubes, pero el sol me hace mal a los ojos y tengo mucho calor. Quiero llegar, hay muchos muchos autos. Tengo chicles, voy a intentar meterme muchos en la boca.
¡Menos mal! ya llegamos. Subimos y dejamos todo, mamichula está haciendo sanguches dice que ya, ya, nos vamos a la playita.
Acá hay mucho viento y esta arena se me mete en los ojos, me pega. ¡Era verdad! hay agua y mucha mucha mucha, es lindo mar, pero más lindo es tener tanto lugar para correr.
Miro a todos, hay muchos nenes, quiero que sean mis amigos. Me voy a acercar a preguntarles si quieren serlo. Sí quieren, y me invitaron a hacer castillos con palas y baldes que ellos mismos trajeron. Yo intento, pero no me sale, en cuanto saco el baldecito la forma no me queda y me pongo enojado. Los chicos me dijeron que tenía que usar arena más mojada, me enseñaron, ahora ya entiendo; es una papa. Pero esta arena se me mete en los calzones de ben 10. Igual estoy aburrido, miro a los grandes de al lado, pero lo único que me llama la atención en la nena que está sentada. Le pregunto si quiere jugar con nosotros. Ahora me persigue y me pregunta cosas.
Tiene muchos rulos, se llama Lola, lola lola loloca. Le inventé una canción, pero ella se enoja. Todo el tiempo estoy con ella. los chicos me dicen que inventaron un juego, es para correr y antes de que nos toque el agua los pies, hay que volver, pero no quiero que lola se quede sola, tampoco quiero que los chicos la molesten. Le convido helado y mi súper chicles, pero no come esas cosas. Así dice. Horas y horas jugando, pero ya es tarde y tengo frío. Me voy a poner un buso, pero mi mamá me dijo que abrigue y me vaya despidiendo, ya nos teníamos que ir. Lola se queda un rato más, yo me tengo que volver a casa a comer y descansar. Está bien, no importa, Lolita, mañana nos vemos y te traigo los caramelos que te gustan.
Estoy cansado, me arde todo el cuerpo y eso que papá me puso protector solar.
Mamucha cocina milanesas hoy, justo mi comida preferida, pero como rápido así me voy a dormir, ya quiero que sea mañana.
Me levanto, pero esta vez me preparo rápido, Lola seguro me está esperando, me prometió que me iba a enseñar a hacer pozos grandes en la arena. Le digo a todos que desayunen rápido, que me quiero ir, pero nadie me escucha. ¡Al fin! nos vamos para allá, tenemos que caminar dos cuadras nada más.
Cuando llego, me doy cuenta que mis nuevos amigos y Lola, no están, no los veo. Yo quiero jugar con ellos, pero no vinieron. Los voy a buscar, me alejo solo un poquito de mamá y papá, pero no los encuentro, tengo ganas de llorar. De repente, escucho unas risas me hicieron dar vuelta, ¡habían nenes! pero ninguno de ellos son los de ayer. Igual voy y me pongo cerquita: hola, ¿querés ser mi amigo?
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Johana Antonella Ullúa,
relato en primera persona
miércoles, 16 de marzo de 2011
bienvenidos al nuevo ciclo!
Comenzamos el año leyendo a Hebe Uhart
Aquí podés escuchar a la autora y conocer algo de su historia y su relación con la palabra
martes, 31 de agosto de 2010
Hedonismo no es consumir (entrevista a Michel Onfray)

Entrevista por Cecilia Bembibre
“Entre mis lectores están los locos, los histéricos, los perturbados, los nutricionistas”, enumera con ironía Michel Onfray, el filósofo francés que reivindica al hedonista como figura clave de su propuesta teórica. No son todos. “Los que leen en la soledad de su existencia y tratan de mejorar su vida” conforman un público que ha encontrado en El deseo de ser un volcán, Diario hedonista, La construcción de uno mismo o La razón del gourmet argumentos sólidos para adherir a una moral distinta. Invitado por la embajada francesa para la Feria, Onfray conversó con Página/12.
–¿Hay un malentendido con la figura del hedonista?
–Se cree que el hedonista es aquel que hace el elogio de la propiedad, de la riqueza, del tener, que es un consumidor. Eso es un hedonismo vulgar que propicia la sociedad. Yo propongo un hedonismo filosófico que es en gran medida lo contrario, del ser en vez del tener, que no pasa por el dinero, pero sí por una modificación del comportamiento. Lograr una presencia real en el mundo, y disfrutar jubilosamente de la existencia: oler mejor, gustar, escuchar mejor, no estar enojado con el cuerpo y considerar las pasiones y pulsiones como amigos y no como adversarios.
–A los 28 años tuvo un infarto, y eso le sugirió su texto El vientre de los filósofos. ¿Cómo lo cambió esa experiencia?
–Cuando tuve ese infarto acudí a una nutricionista que me hizo comprender que se podía mantener un discurso castrador respecto de los alimentos. No había que comer con sal, ni grasas, no tomar alcohol, y la idea de mi primer libro arribó a partir de esa experiencia, como una invitación a considerar que el placer de la alimentación era preferible al displacer de una mala nutrición. Nos peleamos bastante, yo estaba en mi cama con el infarto y ella me estaba dando clases. Como conservaba algo de retórica, se fue enojada diciendo que conmigo no se podía discutir.
–Y nunca siguió sus consejos. ¿Cuál es su posición frente a la ciencia?
–Encuentro a la ciencia limitada e incapaz de incorporar todo lo que no es inmediatamente cuantificable, aunque la respeto. La ciencia no puede incorporar el placer; piensa que es deseable medicar a alguien para que el colesterol baje, sin pensar que eso puede ser terrible para la salud de una persona, porque está obligada a considerarse a sí mismo un enfermo. La ciencia debería poder integrar una dimensión psicológica de la medicina: sabemos que a veces el tratamiento con placebos lleva a curaciones.
–Uno de los fenómenos que usted señala es la disociación que existe entre el cuerpo y los sentidos. ¿Cuándo ubica el inicio de este proceso?
–Es algo que no puede situarse con mucha precisión, probablemente esta situación en la prehistoria no existía, pero con el proceso de hominización se desarrolla una moral y con ella una cultura de odio del cuerpo. Sólo hubo morales alternativas que celebraron el cuerpo, en tanto las morales oficiales, las morales del poder, consideran que hay que negarlo.
–Pero hay sentidos privilegiados, ¿cómo se llega a esta jerarquización?
–No es la sociedad la que privilegia: ciertos sentidos se ven privilegiados según una lógica de la supervivencia. Cuando el hombre caminaba en cuatro patas, estaba más en posición de oír y olfatear que de ver, al convertirse en bípedo existe la posibilidad de un mayor desarrollo del cerebro. La jerarquía de los sentidos se modifica y es la vista la que ocupa un primer lugar. Esto va cambiando con los siglos y con el desarrollo de la urbanización masiva. En la vida rural la gente tenía otra relación con la naturaleza; en la sociedad urbana actual se huele y se oye menos. Las sociedades consideran que hay bellas artes o sentidos nobles, relacionadas con la vista y el oído y otras menos nobles, relacionadas con el olfato o el gusto. Difícilmente se da la posibilidad de oler o gustar a otro fuera de la intimidad. Mi propuesta consiste en que los cinco sentidos deben ser considerados de manera igualitaria, y que debe ser otorgado a la gastronomía el mismo status que a la pintura o la música.
–Se está produciendo un documental sobre sus ideas, y usted se presenta en medios masivos. ¿Hay una apertura de la filosofía en ese sentido?
–Para el documental estoy escribiendo el guión. Es una colección que se ocupó de Deleuze, Sartre y Baudrillard, y reduce todo el trabajo a ciertas claves que permitan comprender la obra entera. Creo que el cine es un acercamiento posible a la filosofía, como la radio, la TV o el video. Son medios para llegar a gente que a lo mejor no se atreve a leer un libro. Hay quienes están a favor y en contra. Los que están a favor son los que son invitados, y los otros, los que nunca reciben invitación. Curiosamente, cuando se los llama para opinar en un programa cambian de posición.
lunes, 23 de agosto de 2010
La oclusión de la palabra en Griselda Gambaro (Beatriz Trastoy)

Griselda Gambaro ocupa el lugar más relevante en la dramaturgia argentina contemporánea. Sí, en los años 60, El desatino, Las paredes, Los siameses o El campo fundan en la escena local un "absurdismo" cuestionador de los valores y los roles sociales, sus piezas de la década siguiente se caracterizan por una mayor transparencia semántica, apoyada en la crueldad de las imágenes visuales. Textos posteriores como La malasangre (1981), Del sol naciente (1983) y Antígona Furiosa (1986) muestran, en cambio, la preeminencia del discurso verbal, articulado por medio de procedimientos más próximos a los códigos de representación realista: la secuencia lógica organiza el razonamiento de los personajes: los silencios adquieren una significación profundamente reveladora.
En este desplazamiento de la imagen visual hacia la palabra como instancia productora de situaciones dramáticas, Decir sí, pieza breve estrenada en 1981, constituye un punto clave en el que vale la pena detenerse.
En Decir sí, los objetos de escenario propuestos por las didascalias (un espejo, un sillón giratorio, utensilios de afeitar, pelo cortado por el suelo) representan una peluquería convencional. No obstante, la actitud del peluquero, ante la llegada del cliente (no saludarlo, darle la esplada para mirar por la ventana) constituye el primer indicio de ruptura con la cotidianeidad, con los códigos de comportamiento socialmente aceptados. Ambos personajes entablan una relación que transgrede la figura convencional del peluquero, largamente codificada en las distintas expresiones estéticas del costumbrismo argentino. Esta vez, el cliente es el que charla, el que canta, el que busca adular y complacer, el que nunca manda, el que jamás tiene razón.
Frente al enigmático mutismo del peluquero, el cliente asume todo el peso del discurso verbal: así, con un quiasimonólogo, busca "construir" el diálogo y recurre para ello a distintas estrategias lingüísticas. Responde a preguntas que él mismo hipotetiza e intenta, a través de continuas rectificaciones de su propio discurso, verbalizar acertadamente el presunto pensamiento de su interlocutor. En algunos casos, el halago obsecuente se resuelve en hipérbole; en otros, la autorreferencia disloca la continuidad semántica. La palabra del cliente -cada vez más desconcertado- se torna, entonces, errática e incoherente.
De manera particular, la utilización de códigos diferentes transgrede las formas convencionales de toda interacción conversacional. El peluquero compensa con el silencio la verborragia del cliente y se comunica, casi exclusivamente a través de signos no lingüísticos (deixis gestuales, expresiones faciales significativas, etcétera) y de signos paralingüísticos (entonación, intensidad, ritmo, timbre), minuciosamente especificados por la autora en las didascalias. El cliente, por su parte, decodifica, aterrado, los silencios, los gestos, las miradas y las vagas palabras del peluquero, como órdenes a las que obedece sin rebelarse. Así, limpia el sillón, junta los pelos del piso, desempaña el espejo y termina afeitando y cortándole el cabello al propio peluquero. Convencido de que su indisimulable falta de destreza provocará la ira de éste, el cliente culmina "confesando", aceptando la responsabilidad de una supuesta culpa. El peluquero, aparentemente indignado, le propone -siempre por medio de una gestualidad inquietante- invertir la situación. Invita al hombre a sentarse en el sillón pero, en vez de afeitarlo, lo degüella con un rápido y certero tajo. Luego se quita la peluca y la arroja sobre el cadáver del cliente.
La tensión creciente entre los significantes verbales y los significantes paraverbales y gestuales estructura, entonces, la sintaxis dramática de la obra y determina, en el plano semántico, la progresiva victimización del cliente. Se plantea, de este modo, una siniestra inversión de roles que remite a diferentes niveles de metaforización. Por una parte, el que corresponde a la relación víctima-victimario, casi un tópico del teatro contemporáneo. Por otra parte, el nivel de metaforización que transgrede el anterior, es decir, que subvierte la posición discursiva convencional de la víctima, al presentarla como legitimadora del discurso del victimario.
El cliente habla, dice, pero sus palabras no le sirven. No pide explicaciones ni alega una defensa. Miente y se miente a sí mismo, intenta engañar y se autoengaña. Con las palabras justifica lo injustificable y llega, inclusive, a subvertir los datos de la realidad (define la navaja vieja y oxidada como "impecable" y el líquido nauseabundo como "agua de colonia"). Sin embargo, la peluca que el asesino se arranca constituye un signo objetual altamente significativo que resemantiza la historia narrada y, al interactuar con los otros sistemas significantes, instaura nuevos y más complejos niveles de metaforización.
El gesto final del peluquero muestra al cliente como víctima de un siniestro engaño. Si el pelo mal cortado era falso y no hubo "culpa", no existe justificación alguna para el crimen. El principio de causalidad que parece regir el desenlace (con la secuencia causa-efecto concretada como torpeza-crimen) queda supuestamente invalidado. Sin embargo, no se trata de una situación aislada y puramente causal. Obedece a la lógica de las cosas. En efecto, un recuerdo infantil narrado por el cliente. a quien sus compañeros de juegos arrojaron a un charco maloliente por negarse a cruzarlo, aporta información sobre la prehistoria del personaje y parece explicar su miedo a rebelarse y su incapacidad para volver a "decir no". La anécdota verosimiliza la extraescena mostrando, aunque sin precisiones referenciales y con un sentido claramente metonímico, un contexto social intolerable en el que no es posible el disenso. Si "decir no" alguna vez perjudicó al personaje, "decir sí" ahora lo aniquila.
El título mismo de la obra pone el acento en la discursividad lingüística y, por extensión, en el valor contractual de la afirmación, reforzado por la presencia del infinitivo. "Decir sí" significa aceptar, coincidir, pero también, en la instancia correspondiente a la dinámica entre significantes verbales y no verbales ya señalada, "decir sí" significa someterse.
El texto de Griselda Gambaro plantea, por lo tanto, una contradicción sólo en apariencia: "decir sí" (como actitud de sometimiento) y "decir no" (como gesto de rebeldía) se oponen sólo en el plano lingüístico, ya que, ante la fuerza omnipotente y artera, encarnada por el peluquero, no cuenta ni el sí ni el no: frente a la irracionalidad de un totalitarismo que no se vale de palabras, las palabras no valen.
Decir sí ha sido juzgada por las crónicas de su estreno como una metáfora sobre los complejos mecanismos del poder tiránico, basada en la relación entre víctima y victimario. Aunque no del todo desacertadas, las opiniones de los críticos tendieron a parcializar la fuerza transgresiva del texto y, por lo tanto, su importancia estética e ideológica.
Como hemos señalado, en Decir sí se infringen tanto las características de los intercambios conversacionales y de las relaciones contractuales de la vida cotidiana, como los modelos culturales hipercodificados (la figura del peluquero charlatán y obsecuente). Asimismo, la obra transgrede ciertos rasgos propios de la estética de la neovanguardia, que se constituyó en modelo para las piezas "absurdistas" de Gambaro, especialmente durante los años 60. Cambian no sólo los procedimientos concernientes a la discursividad gestual, que no es aquí ni grandilocuente ni sobreabundante, sino también los procedimientos referidos al discurso lingüístico. En Decir sí, a diferencia de los textos de Ionesco, Beckett o Pinter, la palabra no es el lugar del vacío espiritual ni se desintegra como reflejo inmediato del caos del mundo. Gesto y palabra se vuelven muecas inútiles y paradójicas que redimensionan las relaciones de poder y sometimiento. A su vez, el tratamiento del nivel verbal en Decir sí supone una variante con respecto a la propia textualidad de Griselda Gambaro. Es aquí que rompe el modelo de otros personajes-victimarios: la madre en El desatino, el ujier en Las paredes, Franco en El campo o el padre en La malasangre, entre otros. El peluquero casi no habla; se limita a repetir alguna palabra a modo de eco, a comunicarse con gestos y oscuras miradas. No necesita (ni desea) disimular su actitud autoritaria, ya que el cliente, salvo tímidos e inútiles intentos de rebelión, acepta ocupar la figura complementaria de la víctima.
La obra se estrenó en el marco de Teatro Abierto (1981), ciclo que, aglutinando a prestigiosos creadores y público entusiasta, constituyó un núcleo de directa oposición al régimen dictatorial instaurado en la Argentina a partir de 1976. No obstante, Decir sí escapa -con sus sesgo nihilista- al doctrinarismo frecuente en el llamado "teatro político". No hay soluciones sugeridas desde la escena: la oposición convencional entre "buenos" y "malos" tiene otros matices: el sí es tan eficaz como el no para enfrentar el discurso totalitario.
En el marco de la trayectoria dramática de Griselda Gambaro, Decir sí constituye, sin duda alguna, el cierre de una etapa que involucra dos momentos de su producción. Por una parte, lleva a la exasperación ciertos rasgos propios de la textualidad de los años 60, como la dislocación del principio de causalidad o la desarticulación transgresora de los roles sociales. Por otra, opta por una mayor economía de recursos y sintetiza los procedimientos de los textos del 70. En Decir sí ya no encontramos ni la reiteración de una misma situación (Información para extranjeros), ni la crueldad en los juegos farsescos o paródicos (Dar la vuelta, Nada que ver, Real envido)
Decir sí es, al menos hasta el momento, la última obra gambarina en la que personajes masculinos son protagonistas de un conflicto sin salidas aparentes para superar el horror del totalitarismo, dado que la palabra -en cuanto espacio de articulación de los vínculos humanos- es cuestionada e invalidada por su capacidad enmascaradora.
La producción teatral gambarina de los años 80 evidencia, en cambio, una fuerte presencia del protagonismo femenino (ya anticipada en sus textos de la década anterior) y la recuperación de la palabra que, a pesar del metafórico distanciamiento en tiempos y espacios que plantean las historias narradas, adquiere una dimensión claramente referencial. En estos textos, palabra y mujer establecen un compeljo entramado de significaciones, cuyo sentido último deberá rastrearse en las circunstancias recientes de la historia argentina. En boca de Dolores (La malasangre), de la cortesana japonesa (Del sol naciente) o de la infeliz princesa tebana (Antígona furiosa), la palabra será grito, clamor, denuncia pero siempre arma liberadora contra el silencio cómplice de la muerte.
En este desplazamiento de la imagen visual hacia la palabra como instancia productora de situaciones dramáticas, Decir sí, pieza breve estrenada en 1981, constituye un punto clave en el que vale la pena detenerse.
En Decir sí, los objetos de escenario propuestos por las didascalias (un espejo, un sillón giratorio, utensilios de afeitar, pelo cortado por el suelo) representan una peluquería convencional. No obstante, la actitud del peluquero, ante la llegada del cliente (no saludarlo, darle la esplada para mirar por la ventana) constituye el primer indicio de ruptura con la cotidianeidad, con los códigos de comportamiento socialmente aceptados. Ambos personajes entablan una relación que transgrede la figura convencional del peluquero, largamente codificada en las distintas expresiones estéticas del costumbrismo argentino. Esta vez, el cliente es el que charla, el que canta, el que busca adular y complacer, el que nunca manda, el que jamás tiene razón.
Frente al enigmático mutismo del peluquero, el cliente asume todo el peso del discurso verbal: así, con un quiasimonólogo, busca "construir" el diálogo y recurre para ello a distintas estrategias lingüísticas. Responde a preguntas que él mismo hipotetiza e intenta, a través de continuas rectificaciones de su propio discurso, verbalizar acertadamente el presunto pensamiento de su interlocutor. En algunos casos, el halago obsecuente se resuelve en hipérbole; en otros, la autorreferencia disloca la continuidad semántica. La palabra del cliente -cada vez más desconcertado- se torna, entonces, errática e incoherente.
De manera particular, la utilización de códigos diferentes transgrede las formas convencionales de toda interacción conversacional. El peluquero compensa con el silencio la verborragia del cliente y se comunica, casi exclusivamente a través de signos no lingüísticos (deixis gestuales, expresiones faciales significativas, etcétera) y de signos paralingüísticos (entonación, intensidad, ritmo, timbre), minuciosamente especificados por la autora en las didascalias. El cliente, por su parte, decodifica, aterrado, los silencios, los gestos, las miradas y las vagas palabras del peluquero, como órdenes a las que obedece sin rebelarse. Así, limpia el sillón, junta los pelos del piso, desempaña el espejo y termina afeitando y cortándole el cabello al propio peluquero. Convencido de que su indisimulable falta de destreza provocará la ira de éste, el cliente culmina "confesando", aceptando la responsabilidad de una supuesta culpa. El peluquero, aparentemente indignado, le propone -siempre por medio de una gestualidad inquietante- invertir la situación. Invita al hombre a sentarse en el sillón pero, en vez de afeitarlo, lo degüella con un rápido y certero tajo. Luego se quita la peluca y la arroja sobre el cadáver del cliente.
La tensión creciente entre los significantes verbales y los significantes paraverbales y gestuales estructura, entonces, la sintaxis dramática de la obra y determina, en el plano semántico, la progresiva victimización del cliente. Se plantea, de este modo, una siniestra inversión de roles que remite a diferentes niveles de metaforización. Por una parte, el que corresponde a la relación víctima-victimario, casi un tópico del teatro contemporáneo. Por otra parte, el nivel de metaforización que transgrede el anterior, es decir, que subvierte la posición discursiva convencional de la víctima, al presentarla como legitimadora del discurso del victimario.
El cliente habla, dice, pero sus palabras no le sirven. No pide explicaciones ni alega una defensa. Miente y se miente a sí mismo, intenta engañar y se autoengaña. Con las palabras justifica lo injustificable y llega, inclusive, a subvertir los datos de la realidad (define la navaja vieja y oxidada como "impecable" y el líquido nauseabundo como "agua de colonia"). Sin embargo, la peluca que el asesino se arranca constituye un signo objetual altamente significativo que resemantiza la historia narrada y, al interactuar con los otros sistemas significantes, instaura nuevos y más complejos niveles de metaforización.
El gesto final del peluquero muestra al cliente como víctima de un siniestro engaño. Si el pelo mal cortado era falso y no hubo "culpa", no existe justificación alguna para el crimen. El principio de causalidad que parece regir el desenlace (con la secuencia causa-efecto concretada como torpeza-crimen) queda supuestamente invalidado. Sin embargo, no se trata de una situación aislada y puramente causal. Obedece a la lógica de las cosas. En efecto, un recuerdo infantil narrado por el cliente. a quien sus compañeros de juegos arrojaron a un charco maloliente por negarse a cruzarlo, aporta información sobre la prehistoria del personaje y parece explicar su miedo a rebelarse y su incapacidad para volver a "decir no". La anécdota verosimiliza la extraescena mostrando, aunque sin precisiones referenciales y con un sentido claramente metonímico, un contexto social intolerable en el que no es posible el disenso. Si "decir no" alguna vez perjudicó al personaje, "decir sí" ahora lo aniquila.
El título mismo de la obra pone el acento en la discursividad lingüística y, por extensión, en el valor contractual de la afirmación, reforzado por la presencia del infinitivo. "Decir sí" significa aceptar, coincidir, pero también, en la instancia correspondiente a la dinámica entre significantes verbales y no verbales ya señalada, "decir sí" significa someterse.
El texto de Griselda Gambaro plantea, por lo tanto, una contradicción sólo en apariencia: "decir sí" (como actitud de sometimiento) y "decir no" (como gesto de rebeldía) se oponen sólo en el plano lingüístico, ya que, ante la fuerza omnipotente y artera, encarnada por el peluquero, no cuenta ni el sí ni el no: frente a la irracionalidad de un totalitarismo que no se vale de palabras, las palabras no valen.
Decir sí ha sido juzgada por las crónicas de su estreno como una metáfora sobre los complejos mecanismos del poder tiránico, basada en la relación entre víctima y victimario. Aunque no del todo desacertadas, las opiniones de los críticos tendieron a parcializar la fuerza transgresiva del texto y, por lo tanto, su importancia estética e ideológica.
Como hemos señalado, en Decir sí se infringen tanto las características de los intercambios conversacionales y de las relaciones contractuales de la vida cotidiana, como los modelos culturales hipercodificados (la figura del peluquero charlatán y obsecuente). Asimismo, la obra transgrede ciertos rasgos propios de la estética de la neovanguardia, que se constituyó en modelo para las piezas "absurdistas" de Gambaro, especialmente durante los años 60. Cambian no sólo los procedimientos concernientes a la discursividad gestual, que no es aquí ni grandilocuente ni sobreabundante, sino también los procedimientos referidos al discurso lingüístico. En Decir sí, a diferencia de los textos de Ionesco, Beckett o Pinter, la palabra no es el lugar del vacío espiritual ni se desintegra como reflejo inmediato del caos del mundo. Gesto y palabra se vuelven muecas inútiles y paradójicas que redimensionan las relaciones de poder y sometimiento. A su vez, el tratamiento del nivel verbal en Decir sí supone una variante con respecto a la propia textualidad de Griselda Gambaro. Es aquí que rompe el modelo de otros personajes-victimarios: la madre en El desatino, el ujier en Las paredes, Franco en El campo o el padre en La malasangre, entre otros. El peluquero casi no habla; se limita a repetir alguna palabra a modo de eco, a comunicarse con gestos y oscuras miradas. No necesita (ni desea) disimular su actitud autoritaria, ya que el cliente, salvo tímidos e inútiles intentos de rebelión, acepta ocupar la figura complementaria de la víctima.
La obra se estrenó en el marco de Teatro Abierto (1981), ciclo que, aglutinando a prestigiosos creadores y público entusiasta, constituyó un núcleo de directa oposición al régimen dictatorial instaurado en la Argentina a partir de 1976. No obstante, Decir sí escapa -con sus sesgo nihilista- al doctrinarismo frecuente en el llamado "teatro político". No hay soluciones sugeridas desde la escena: la oposición convencional entre "buenos" y "malos" tiene otros matices: el sí es tan eficaz como el no para enfrentar el discurso totalitario.
En el marco de la trayectoria dramática de Griselda Gambaro, Decir sí constituye, sin duda alguna, el cierre de una etapa que involucra dos momentos de su producción. Por una parte, lleva a la exasperación ciertos rasgos propios de la textualidad de los años 60, como la dislocación del principio de causalidad o la desarticulación transgresora de los roles sociales. Por otra, opta por una mayor economía de recursos y sintetiza los procedimientos de los textos del 70. En Decir sí ya no encontramos ni la reiteración de una misma situación (Información para extranjeros), ni la crueldad en los juegos farsescos o paródicos (Dar la vuelta, Nada que ver, Real envido)
Decir sí es, al menos hasta el momento, la última obra gambarina en la que personajes masculinos son protagonistas de un conflicto sin salidas aparentes para superar el horror del totalitarismo, dado que la palabra -en cuanto espacio de articulación de los vínculos humanos- es cuestionada e invalidada por su capacidad enmascaradora.
La producción teatral gambarina de los años 80 evidencia, en cambio, una fuerte presencia del protagonismo femenino (ya anticipada en sus textos de la década anterior) y la recuperación de la palabra que, a pesar del metafórico distanciamiento en tiempos y espacios que plantean las historias narradas, adquiere una dimensión claramente referencial. En estos textos, palabra y mujer establecen un compeljo entramado de significaciones, cuyo sentido último deberá rastrearse en las circunstancias recientes de la historia argentina. En boca de Dolores (La malasangre), de la cortesana japonesa (Del sol naciente) o de la infeliz princesa tebana (Antígona furiosa), la palabra será grito, clamor, denuncia pero siempre arma liberadora contra el silencio cómplice de la muerte.
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lunes, 31 de mayo de 2010
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